Los muros de la vergüenza

Este es el primer relato que escribí para mi novena participación en Literautas,  pero como trata sobre el muro de Berlín me dije "debería hacer algo  propio y no escribir sobre algo que ya todo el mundo sabe". Lo que  debería haber hecho era pulir más este relato y punto, pero la  inseguridad me pudo.

La bestia depredadora que más debe temer un hombre es el propio hombre. Civilizado o no, su inquina no tiene rival.

Existen  días en los que a pesar del fulgor con el que brilla el sol, se acaba  desatando una tormenta. Eso mismo fue lo que ocurrió aquel sábado, en  pleno agosto berlinés. Por aquel entonces, Rudolf no había nacido, pero  eso no impedía el que supiese la historia relatada una y otra vez por  sus padres, dos de los tantos anónimos protagonistas de aquel momento.

Oscuras  nubes se habían cernido durante largo tiempo en la capital alemana,  nubes que no procedían precisamente del cielo. Helga hacía la cama  cuando escuchó voces en el pasillo. Detuvo un momento sus quehaceres  agudizando el oído, dudando si ir o no a mirar qué ocurría a tan  temprana hora en la que ni los gatos comenzaran a desperezarse. Los  fuertes y vehementes golpes de la puerta la decidieron.

Cruzó el  pasillo atándose la bata, tratando de cubrir el fino camisón. En en  umbral, sofocado, su esposo, con el uniforme de cartero mal abrochado,  volvía de una jornada laboral que ni siquiera había comenzado.

─Los  soviéticos han alzado un muro durante la noche aislándonos de la RFA.  Continúan trabajando en él. El ejército se encuentra apostado,  impidiendo la salida a todo ciudadano. Tenemos que irnos, Helga.

Mientras ella se cambiaba, él fumaba ante una jaula.

─Tienes una brizna de tabaco en la barbilla ─extendió la mano con la intención de limpiarlo. Él la detuvo.

─No puedes llevártelo. Tan sólo lo puesto y nada más. Lo sabes.

Tristeza fluyendo en forma de agua salada. Fue ella la que abrió la ventana, dejando que el loro volase hacia la libertad.

Se  dejó arrastrar hacia la calle. Tras la puerta que dejaron cerrada, nada  indicaba que jamás volverían. Armarios llenos, cama a medio hacer, loza  sucia del desayuno en el fregadero, comida en las lacenas...

Estaba  desconcertada y no era la única, podía cerciorarlo tan solo con mirar a  su alrededor, toda aquella gente que al igual que ellos trataban de  allegarse allí a donde ayer no existían más que calles, a donde hoy se  erigía todo un ejército; tras los militares, interminables quilómetros  de bloque y cemento.

Siguieron caminando, hacia los edificios  enclavados justo en la frontera divisoria. Pertenecían estos a la RDA,  pero irónicamente, sus ventanas daban a la otra Alemania. Todo un  negocio lucrativo para sus propietarios en aquel aciago día, también en  los venideros.

Al igual que tantos otros afortunados, esa jornada  consiguieron descolgarse desde un tercer piso, sin otra posesión que su  dignidad y su libertad. Obligados a mendigar asilo, a comenzar de  nuevo.

Allí, al otro lado, se asentaron, tuvieron un hijo,  Rudolf, al que con ciertos sacrificios pagaron la carrera de periodista.  Siempre añoraron a la familia que dejaron.

Helga vivió lo  suficiente para ver caer el muro, para emocionarse cuando decidieron  convertir uno de sus trozos en un museo al aire libre; lo mismo que  todos los soñadores, creyó firmemente que aquello sería un vestigio de  lo que jamás debía volver a suceder. Un alegato contra la represión.

Hace  unos días, el periódico donde Rudolf trabaja le envió a Cisjordania.  Hoy camina a lo largo del muro, arrastrando al mismo tiempo los dedos  extendidos, sin notar apenas diferencia entre este o el del Sáhara. De  repente se para, alza la vista al cielo. Varado sobre la arena del  desierto se alegra de que su madre haya fallecido para que no tenga que  derramar lágrimas porque, a pesar de lo sucedido en Berlín, nada se ha  aprendido y el hombre sigue siendo hombre.

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