frida y la luna

(Fanfic) Tiempo de relatos. No es sólo historia IV [El ministerio del tiempo]

LLegamos ya al final de la historia. Agradezco a Mario Pertiñez el fanart, el cual me hizo mucha ilusión recibir porque, a parte de que es precioso, no me lo esperaba.

Hombres de honor

Es Emilio quien cierra los ojos del joven americano, Spínola le ayuda a levantarse, pues le cuesta manejarse con el traje estratonáutico. Ambos hombres se miran. Están de acuerdo sin decirlo, en que deben ir a salvar a Lola de esa emboscada. Pero los dos son hombres de honor, que cumplen con sus juramentos, deben lealtad a Salvador y al ministerio.

─Coronel, creo que va siendo hora de que impidamos el paso con los cadáveres, tal y como proponíais.
Les cuesta trabajo mover los cuerpos, pero tras mucho esfuerzo y sudor, acaban por conseguirlo.

Se internan con precaución en las oficinas. Una máquina de humo está en marcha. Apenas se ve por donde caminan. Es Herrera quien detiene su funcionamiento, aunque se toma su tiempo para ello. Don Ambrosio ha de darle un ligero toque en el hombro, para indicarle que no es hora de dejarse subyugar por cachivaches del futuro.

─Podemos quedárnoslo, Don Emilio, para que luego lo destripe y lo estudie.

Sabe que esa proposición le ha satisfecho. Va a añadir: “en caso de que Salvador se lo permita”, pero se lo guarda para sí ya que no quiere robarle la ilusión. Dejan aquel aparato allí, inconscientes del daño que ello causará horas más tarde, cuando vuelvan de la misión en la que están a punto de embarcarse y el Grande de España, regrese con el reporte.

Los pies les tropiezan de vez en cuando con cuerpos desmayados en el suelo. A medida que avanzan, la niebla va diluyéndose, pero no desaparece. Es en el lugar de trabajo de Angustias, que encuentran a los indianos. Desmantelan los archivos. El despacho de Salvador está abierto. También lo han revuelto. Quizás es que buscan una copia del libro de las puertas. Eso significa que la patrulla Flores y De las Heras ha cumplido con satisfacción la misión.

Spínola gesticula con las manos impartiendo órdenes, igual que hace antes de entrar en batalla cuando ha de enfrentarse a un enemigo al que ataca por sorpresa. Se tumba en el suelo para arrastrarse sin ser visto, la daga entre los dientes, lista para degollar. El Teniente Coronel le cubre las espaldas con un arma sustraída a uno de los cadáveres. Y así es cómo creen deshacerse de los últimos resquicios de resistencia norteamericana.

Algunos de los papeles de los archivos lucen salpicaduras color carmesí, así como la silla de Angustias. Huele a muerte, a pólvora y al dulzor de la sangre. El genovés se siente exultante, como siempre que el frenesí de la batalla recorre sus venas. Tanto, que amenaza con la punta de la espada a Emilio cuando éste, se acerca y le pone una mano en el hombro.

La viuda de Ramón tose, vuelve en sí. El coronel le acerca un vaso de agua y, cuando la mujer lo ve, comienza a gritar asustada.

─Cálmese Angustias por favor, es Herrera.

A los gritos de su secretaria, aparece Salvador, que no entiende qué está ocurriendo. Tiene cara de enfadado, no es para menos teniendo en cuenta el estado de su despacho, pero, Don Ambrosio sospecha que la irritación proviene más bien de ver al coronel con su traje experimental en el ministerio. El subsecretario se dispone a decir algo, probablemente el inicio de una reprimenda, mas calla cuando ve los cadáveres. Mira a uno y a otro, también a los lados, y el desconcierto que se dibuja en su faz es mayor. Se decide al final a extender el brazo, señalándoles la puerta de su oficina, ofreciéndoles una audiencia privada, en la que se explayarán contándoles lo que han vivido.

─A veces este trabajo, a pesar de lo que he visto, continua sorprendiéndome con sus paradojas.

─A todos nos sorprende, Don Salvador ─. Al gentilhombre, es al único al que le permite tratarle de Don.

Spínola, asiente ante las palabras del militar. No hace falta que la petición de ir a salvar a Lola Mendieta se haga, ni que ellos lo acepten, se sobreentiende, va implícito en la observación recién hecha.

Mientras el ministerio todavía hecho pedazos va recomponiéndose, ellos dos parten escaleras abajo, hacia vestuario, de vuelta de nuevo al ruedo.

Interceptan con Lola cuando se halla sola, alejada de su patrulla, cual asaltadores de caminos. Se asusta al verlos. Luego, al reconocerlos se calma.

─¿Va algo mal? ─De otra manera no puede explicarse que ellos se encuentren allí.

─Desde la misión que nos llevó a robarle el testamento de su padre a Doña Juana de Trastámara, no has vuelto a ser la misma. ─Lola se pone nerviosa, aunque trata de no dar muestras de ello, pero Emilio la conoce bien, la ha acompañado en unas cuantas misiones. ─ A veces tienes dudas de nuestro trabajo, crees que algunas cosas del pasado deberían cambiar, que hay demasiadas injusticias en la historia. Sabemos que te propones fingir tu propia muerte.

─¿Os han enviado a detenerme?

─No, hemos venido a ayudarte, hemos venido porque hay quien se propone sabotear tu plan y asesinarte de verdad.

─Venís del futuro ─. No es una pregunta, sino una afirmación. En sus pupilas marrones, baila la duda.

─Siempre te tuve en mucho aprecio Lola y, aunque no estoy de acuerdo con la decisión que has tomado, la respeto, porque a fin de cuentas, tienes razón. Ni Ambrosio ni yo hemos sido tratados con justicia por la memoria de España, y al igual que nosotros, otros muchos han sufrido y sufrirán. Como tú sueles decir, no es sólo historia.

─Mi lealtad también está con el ministerio y con España, a pesar de su ingratitud, pero no olvido que vos todavía conserváis la cicatriz de una espada que intentaba matarme.

─Si la cabeza no me falla, Don Ambrosio, su acero vengó aquella afrenta cuando se convirtió en la guadaña de la muerte.

─Los arrestos que tuvisteis para interponeros entre ese estoque y yo son lo que importa. Ojalá muchos de los que nos rigen tuviesen la mitad de agallas que vos.

─Me gustaría, en pago por el favor que van ustedes a prestarme, poder devolverles al puesto que se merecen en la historia.

─Somos lo que somos debido a los caminos que hemos tomado, la vida que hemos llevado. Cambiarla significaría cambiarnos a nosotros, dejar de ser quiénes somos. No Lola, creo que ni Spínola ni yo necesitamos volver a atrás en el tiempo, pues nuestra segunda oportunidad nos la ofreció Salvador el día en que nos reclutó.


No me llames Frank, llámame Paco 3ª parte